Llego una racha de varios meses en que no me alegra mi trabajo. Considero que a uno le debe gustar lo que hace, y a mi me gusta, pero por alguna extraña razón últimamente no me satisface.

– ¿Porqué estás saliendo tan tarde para el trabajo? — me preguntó mi papá esta mañana cuando me vió a las 7:55 tomándome tranquilamente un jugo de naranja, y mi trabajo queda como a media hora de la casa. (Entro a las 8:00 a.m.)

– Es que uno debería trabajar cuando de verdad sintiera ganas de hacerlo, es decir, como una vez a la semana o algo así — le respondí mientras reunía ánimos para lavarme los dientes.

– Y eso que todavía no tiene responsabilidades en la vida, ni esposa, ni hijos… — interpeló mi mamá.

Ahora, si estaba un toque aburrido, ese último comentario no es que me haya ayudado de a mucho. Mi esperanza es que en cualquier momento puedo dejar tirado todo, no estoy atado a nada ni a nadie. Qué tal tuviera una deuda o me tocara comprar diariamente la leche para los chinos y los pañales… ouchhhhh