Todos tenemos momentos en los que no sabemos qué hacer en la vida, que nos sentimos estancados, sin rumbo, desperdiciados. No sabemos si tomar una de las opciones que se nos ofrecen, no sabemos cuál será el camino que debemos recorrer, no sabemos si al final podremos recordar lo vivido y morir tranquilos.

No sabemos si nuestra vida tiene sentido, si tanto hacer sufrir, desear, trabajar o esperar valen la pena, si cuando muramos alguien se acordará de nosotros, si dentro de 50 años a alguien le importará siquiera que hayamos existido.

Yo no tengo la respuesta a estas preguntas.

Pero lo que si sé es que por lo menos somos libres.

“Ah, detesto mi trabajo, mi jefe me trata mal, mantengo aburrido” pues póngase las pilas y busque otro.

“Mi pareja no me valora, me siento insatisfecho con mi familia” haga algo al respecto, mejore su relación o cámbiela.

“Soy muy pobre/gordo/bruto/flaco/feo/no se bailar/soy mal polvo/ no se hablar inglés/ad infinitum” pues levante el trasero, deje de quejarse y poner excusas y haga algo al respecto.

Somos libres, tenemos opciones.

En cambio, en esta interesante pero muy triste historia muestran un pequeño vistazo a las vidas de unos infelices que cometieron un crimen siendo adolescentes (algunos casi niños) y fueron condenados a cadena perpetua sin libertad condicional.

Dónde estaba usted a los 14 años? Imagine por un momento que a esa edad cometió un error imperdonable, mató a alguien y por eso obtuvo esa condena. Ahora imagine que desde esa edad y por el resto de su vida va a estar metido en una cárcel, y NUNCA más saldrá de allí. Nunca podrá ir al lago Baikal, ni conocer Samarkanda, no irá a las estepas sármatas, no tendrá una mascota, ni luna de miel, ni podrá asistir al funeral de sus seres queridos, ni podrá caminar descalzo por la arena de una playa.

A que la vida se ve hermosa y llena de oportunidades ahora, no?