Ya lo dijo Marguerite Yourcenar en “Memorias de Adriano”:

En cuanto a los escrúpulos religiosos del gimnosofista, a su repugnancia frente a las carnes sangrientas, me afectarían más si no se me ocurriera preguntarme en qué difiere esencialmente el sufrimiento de la hierba segada del de los carneros degollados, y si nuestro horror ante las bestias asesinadas no se debe sobre todo a que nuestra sensibilidad pertenece al mismo reino.

Por eso no soy vegetariano, a pesar de que bien poco me gusta la carne.

Y por eso mismo no apoyo las marchas y manifestaciones en contra de las FARC, a pesar de que me parecen unos salvajes sanguinarios. Porque ir a una marcha de esas es gritar consignas en contra de las FARC, y de paso de Hugo Chávez, Piedad Córdoba y otros, gritarle maldito guerrillero a quien no piense que Uribe es el mesías enviado por Dios para salvar a Colombia y que sus equivocaciones son sólo manifestaciones de su inteligencia superior que el resto de los mortales todavía no ha alcanzado a comprender.

Iría a una marcha de esas el día en que se proteste con la misma vehemencia por los crímenes de los paras, por el desplazamiento forzado, por la manguala entre políticos y asesinos, por la maldita corrupción que no dejará nunca que este pueblo salga de la miseria, por los asesinatos y desapariciones. Sobre todo sería ideal ir a una marcha de esas sin gritar que Uribe paraco, el pueblo está berraco, sin decir que el Ejército está en contra del pueblo, sin decir que los secuestrados lejos de sus familias son responsabilidad exclusiva del gobierno.

Me parece tan asquerosa la muerte en vida de un secuestrado lejos de su familia como la vida sin vida de alguien a quien le “desaparecieron” un ser querido quien, aparte de imaginar cuan salvaje sería su muerte, debe vivir sin siquiera saber donde está enterrado, o si por algún azar del destino todavía está vivo.