Cuando recuerdo esas tardes interminables dedicadas a retozar, una de las imágenes fuertes que tengo en la mente es la de su gato mirándonos. Nos observaba sin parpadear y sin perderse detalle echado sobre la manta, la misma que se movía acompasadamente.

Su mirada a veces parecía de curiosidad, en otras de envidia, la mayoría, de rabia y despecho. Pero no se movía, era como una esfinge condenada a observar impasible un rito terrible, como ver un accidente que se sabe que quedará en la memoria como un recuerdo desagradable, pero que al mismo tiempo no se puede dejar de ver por grotesco que sea.

Aunque me gustan los gatos y en general son amigables conmigo, ese gato con nombre de futbolista no soportaba mi presencia y rechabaza con sus amigables garras cualquier intento de acercamiento. No pocas veces salí con heridas de allí, causadas por intentar hacer migas con el obtuso anfitrión de la casa.

Y era sólo a mí. El resto de los visitantes comentaba sobre el mal genio del gato, pero era conmigo con quien tenía la pelea, era a mí a quien le dedicaba su mirada llameante de furia. Era a mi a quien no le quitaba los ojos de encima cuando yo no me quitaba de encima de… ustedes comprenderán, cuando la manta se movía acompasadamente.

Un día por fin comprendí que él había sido su amante en una vida pasada y la había engañado, y que la rueda del karma lo condenó a mirar impávido nuestros cuerpos enredados.

Estamos condenados todos a ser los fantasmas de otros? A tener siempre esqueletos en el armario… las víctimas de nuestra vida?