Los últimos posts han sido tan, pero tan personales, que hoy voy a completar la trilogía. Prometí a ciertas personas no irme sin escribir esto, pero me cuesta mucho trabajo, así que por favor no sean muy duros conmigo y tengan paciencia porque la histora es larga pero interesante.

Francisco de Borja (Borgia para los amigos), era el cuarto Duque de Gandía (uno de los Grandes de España) y nació el 28 de Octubre de 1510. Estaba tan bien relacionado que era nada más que biznieto del papa Alejandro VI (el famoso Rodrigo Borgia), nieto del rey Fernando V de Aragón y primo del Emperador Carlos V.

Toda esa parafernalia histórica para dejar en claro que no estamos hablando de cualquier hijo de vecino sino de alguien alimentado con cuchara de oro desde la cuna. Y no era un pelele tampoco, sirvió en la corte del Emperador con tan buen desempeño que fue nombrado Virrey de Cataluña a los 29 años. (Como quien dice a mi edad).

El punto de la historia es que su admiración por la Emperatriz, la hermosa Isabel de Portugal, era bien conocida, lo cual era medio normal en su época, cuando caballero que se respete estaba medio enamorado de su señora, de allí sale la mayoría de los romances medievales o renacentistas. El caso es que resulta que Isabel (ya que estamos en confianza) murió a consecuencia de un parto y a nuestro buen Francisco, como caballerizo de la reina (ni la más puñetera idea de qué significa eso pero debe ser importante) le fue encomendada la misión de escoltar el cuerpo hasta su tumba en Granada.

Imaginen por un momento un viaje de semanas bajo un sol de verano en España llevando un cuerpo en una caja-ataúd sobre una carreta de bueyes. Las ruedas rechinando por el camino polvoriento mientras parece que el tiempo no pasa, o si pasa pero a paso de buey. Por fin llegan a Granada, lugar de entierro tradicional de la realeza española y allí debe completar la misión entregando el cadáver y certificando que es la Reina.

Yo no sé qué se sentirá abrir un ataúd y reconocer un cuerpo muerto hace semanas. La verdad no quiero imaginarlo, pero debe ser tan horroroso para quienes no somos antropólogos forenses o paramilitares.

La escena está representada en un famoso cuadro (google it, tengo sueño): el Duque de Gandía como escolta oficial tenía la responsabilidad de quitar los velos que envolvían el cadáver y mostrar la cara de la Reina, la misma cara que tiempo atrás era famosa por su belleza y que ahora es pasto de gusanos y foco de podredumbre.

Yo creo que él en este momento se preguntó repetidas veces lo mismo que yo llevo preguntándome toda la vida:

Qué vale la pena?

Si esta mujer que lo tenía todo, era muy hermosa, respetada, varios hijos, casada con el Emperador más poderoso (quien decía que en sus dominios no se ponía el Sol), si esta mujer ahora está muerta y todas sus ventajas en la vida ya no le sirven de nada… ya no importan nada… entonces: qué vale la pena en la vida? Y por transitividad (tenía que salírseme lo ñoño), vale la pena preocuparse por algo-alguien que se va a convertir en eso? Y la peor de todas, uno mismo, más temprano que tarde va a terminar así!!! qué vale la pena? qué vale la pena? qué vale la penaaaa???

Allí Francisco de Borja, dice la leyenda, pronunció la siguiente frase:

«No más abrasar el alma
con sol que apagarse puede,
no más servir a señores
que en gusanos se convierten.»

Y esta, señores, es mi lema personal de ahora en adelante.

Como dicen los gringos: do the math.

Cualquier cosa si hablo demasiado en clave… ya lo saben, un comentario.