Mi obsesión por la muerte comenzó en algún momento indeterminado de mi infancia, muy poco después de aprender a leer. Pero no fue por algo que leí, sino por algo que vi: la explosión del Transbordador Espacial Challenger.

En mi casa había unos cuántos libros de divulgación general de astronomía, y por eso yo como buen niño estaba emocionado por esa gente que iba a viajar a las estrellas, incluso mis papás me regalaron una réplica de un transbordador con sus dos tanques a los lados. También era interesante la noticia de que una maestra iba a viajar como astronauta allí.

Cuando se supo la noticia de su explosión yo no comprendía obviamente qué había pasado, mi mente no podía lidiar con el hecho de que esas personas ya no existirían más, ya no pensarían, a no comerían, ya no hablarían. Si algunos niños aprenden sobre la muerte porque sus peces comienzan a flotar panza arriba en el acuario, yo vi la muerte por primera vez en la explosión del Challenger.

Luego la cosa se puso peor, porque un libro que leí hablaba sobre el cielo y sobre que pasaríamos toda la eternidad allí con Dios. Y yo pensaba, qué hace uno en toda la eternidad? Yo me imaginaba cosas como visitar cada planeta del universo, y en cada planeta vivir una vida, eso tomaría mucho tiempo, pero el tiempo precisamente era eterno, así que podría repetir eso miles de veces y la eternidad estaría hasta ahora comenzando. Allí sentía que la cabeza no me daba más y paraba de pensar y trataba de hacer cosas más acordes a mi edad. No podía comprender como la gente pensaba que iba a existir para siempre y eso no le ocasionaba molestias.

El siguiente golpe vino de leer literatura sobre los Testigos de Jehová, una de sus doctrinas indica que no existe el infierno, que Dios no es tan cruel como para castigar a alguien por toda la eternidad, sino que los pecadores al morir son aniquilados, es decir, simplemente dejan de existir. Si uno define la existencia como la capacidad de pensar (pienso luego existo), al dejar de existir se deja de pensar. Allí se me oprimía el pecho al imaginar a alguien que hasta un momento pensara en sus cosas y luego ya no más, ya no existe, ya no piensa, ya no tiene una segunda oportunidad, seguirá pasando la eternidad, tiempo sobre tiempo, y ya no existe. Yo no sé ustedes, pero sólo la idea de dejar de existir, de ya no ser, de apagarse y no volverse a prender, y que pasaría el resto del tiempo sin mí, me daba náuseas.

Y en ese momento comprendí mi ambivalencia nata, que se refleja en todo lo que hago en la vida, que siempre tengo dos opciones, dos ideas opuestas pero que no puedo vivir sin ninguna de ellas. Fue mi primera dicotomía, mi primer dilema: es terrible la idea de existir para siempre, tan terrible como la idea de un día dejar de existir.

Y nótese que no uso las palabras vivir o morir, porque si el morir es sólo pasar de un estado a otro, pero el alma sigue existiendo, entonces no es tan grave la cosa, es como trastearse de casa, como cambiarse de ropa. Si, si, ya sé que eso no es tan fácil como lo pinto, pero recuerden que tenía unos 5 años y a esa edad la muerte es algo tan lejano como el tener que pagar impuestos, es algo que sólo hacen las demás personas, no uno.

Continuará mañana