Oct 26

Como ya he comentado en algunas ocasiones, yo voy caminando por ahí tranquilo y los libros me llaman, parece que supieran qué necesito leer y se salen ellos solitos del estante. Por algo el proverbio dice que cuando el alumno está listo aparece el maestro.

Aunque parece que quien escribió eso nunca fue profesor universitario.

Sobre Arthur Schopenhauer he leído bastante, pero me pasa lo mismo que con Tolstoi, sé mucho acerca de ellos y de su obra, pero nunca jamás había leído algo escrito por ellos. Algo internamente me dice que todavía no es el momento para leer “La Guerra y la Paz”, por ejemplo, o “Ana Karenina”.

Pero hace muy poco conseguí un libro de Schopenhauer llamado “Parerga y Paralipómena” donde un día al leer al almuerzo encontré lo siguiente:

“Además así como el país más feliz es el que necesita menos importaciones, o ninguna, también es el hombre más feliz el que tiene suficiente con su riqueza interior y para entretenerse necesita poco o nada de fuera; porque tal abastecimiento es muy costoso, origina dependencia, trae peligro, causa disgusto y al final no es más que un mal sustituto para los productos del propio suelo.

Pues de los demás, y engeneral de fuera, no se puede esperar mucho en ningún sentido. Lo que uno puede ser para otro tiene unos límites muy estrechos: al final cada uno se queda solo, y lo que importa entonces es quién está sólo.

Pues todas las fuentes externas de la felicidad y el placer son por naturaleza sumamente inseguras, precarias, efímeras y sometidas al azar, porque lo que hasta en las circunstancias más favorables pueden cortarse; y de hecho eso es inevitable por cuanto no pueden estar siempre disponibles…

En el mundo, sin embargo, no hay por ningún lado mucho que ganar: la necesidad y el dolor lo llenan, y a quienes escapan de estos les aguarda por lo general el aburrimeinto. Además, en general domina la maldad y la necedad lleva la voz cantante. El destino es cruel, y los hombres, miserables.”

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Oct 25

written by Saudade

Oct 19

Los seres humanos somos esclavos de nuestros deseos, de nuestras pasiones. Por algo Buda descubrió lo que muchos hemos descubierto a lo largo de la historia: la fuente del sufrimiento es el deseo.

Y como acota Schopenhauer, lo más importante no es alcanzar los placeres sino evitar los males, entonces yo concluyo que lo más importante en la vida es eliminar el deseo.

Yo no me considero inteligente, ni siquiera suspicaz, pero si de algo me enorgullezco es de que no me hace falta nada. Todo lo que disfruto puedo prescindir de ello. Puede que a veces esto no se cumpla, pero por lo menos soy consciente de que no quiero ser esclavo de nada, no quiero necesitar nada, que nada me domine, que nada me haga falta.

Ahora, no sé cómo se reconcilia esto con el problema del pothos, pero algo haremos para eso.

written by Saudade

Oct 07

Un tema recurrente en este blog, además del sempiterno Alejandro, es Ulises. Ulises es para mi la búsqueda de lo que no se sabe si existe, pothos, el longing or yearning por algo que ni siquiera se sabe qué es.

Ambos fueron similares, Alejandro y Ulises, jefes y tremendos jueces de hombres, guerreros incomparables y más sabios que ninguno. Y ambos sufrían de pothos, esa sed de lo desconocido, esa ansiedad de lo inexistente. Alejandro leía la Illiada constantemente, y toda su vida se identificó con Aquiles, pero yo creo que en el fondo él era Odiseo.

No soy quien para decir que me parezco a ellos, digamos mejor que siento lo mismo, pothos.

Esta mañana me desperté pensando en el poema Ulises, de Alfred Lord Tennyson:

It little profits that an idle king,
By this still hearth, among these barren crags,
Matched with an aged wife, I mete and dole
Unequal laws unto a savage race,
That hoard, and sleep, and feed, and know not me.

I cannot rest from travel: I will drink
Life to the lees: all times I have enjoyed
Greatly, have suffered greatly, both with those
That loved me, and alone; on shore, and when
Through scudding drifts the rainy Hyades
Vexed the dim sea: I am become a name;
For always roaming with a hungry heart.

Much have I seen and known; cities of men
And manners, climates, councils, governments,
Myself not least, but honoured of them all;
And drunk delight of battle with my peers,
Far on the ringing plains of windy Troy.

I am a part of all that I have met;
Yet all experience is an arch wherethrough
Gleams that untravelled world, whose margin fades
For ever and for ever when I move.
How dull it is to pause, to make an end,
To rust unburnished, not to shine in use!

As though to breathe were life. Life piled on life
Were all too little, and of one to me
Little remains: but every hour is saved
From that eternal silence, something more,
A bringer of new things; and vile it were
For some three suns to store and hoard myself,
And this grey spirit yearning in desire
To follow knowledge like a sinking star,
Beyond the utmost bound of human thought.

This is my son, mine own Telemachus,
To whom I leave the sceptre and the isle –
Well-loved of me, discerning to fulfil
This labour, by slow prudence to make mild
A rugged people, and through soft degrees
Subdue them to the useful and the good.
Most blameless is he, centred in the sphere
Of common duties, decent not to fail
In offices of tenderness, and pay
Meet adoration to my household gods,
When I am gone. He works his work, I mine.

There lies the port; the vessel puffs her sail:
There gloom the dark broad seas. My mariners,
Souls that have toiled, and wrought, and thought with me –
That ever with a frolic welcome took
The thunder and the sunshine, and opposed
Free hearts, free foreheads – you and I are old;
Old age hath yet his honour and his toil;
Death closes all: but something ere the end,
Some work of noble note, may yet be done,
Not unbecoming men that strove with Gods.

The lights begin to twinkle from the rocks:
The long day wanes: the slow moon climbs: the deep
Moans round with many voices. Come, my friends,
‘Tis not too late to seek a newer world.
Push off, and sitting well in order smite
The sounding furrows; for my purpose holds
To sail beyond the sunset, and the baths
Of all the western stars, until I die.
It may be that the gulfs will wash us down:
It may be we shall touch the Happy Isles,
And see the great Achilles, whom we knew.
Though much is taken, much abides; and though
We are not now that strength which in old days
Moved earth and heaven; that which we are, we are;
One equal temper of heroic hearts,
Made weak by time and fate, but strong in will

To strive, to seek, to find, and not to yield.

Desde hace un tiempo le pongo mucho cuidado a lo primero que pienso cuando me despierto.

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Oct 01

En la antigua Persia, un rey de cuyo nombre no quiero acordarme tenía un curioso sistema de justicia para aquellos casos en los que se sospechaba fuertemente de la culpabilidad del acusado pero que no se tenían pruebas sustanciales.

La idea era que al acusado se le pondría en una especie de sótano del cual sólo podría salir por una de dos puertas: detrás de una estaba una bella y noble joven con quien se casaría de inmediato y recibiría una dote real, pero detrás de la otra puerta había un tigre de Bengala que lo destrozaría. Así, la justicia quedaba en las manos de Dios y el acusado debía elegir su propio destino.

Cuenta la historia que en una ocasión la hija mayor del rey, la princesa, tenía un amante. El rey y toda la corte sospechaban del hecho, pero no lo podían probar, así que el rey envió al joven al sótano a someterse a la ordalía.

Mientras el joven desfilaba camino a su destino, miró a la princesa en busca de una señal. La princesa sabía qué había detrás de cada una de las puertas. Es más, sabía que detrás de una de ellas estaba una hermosa joven que despertaba sus celos y odio por sospechar que había tenido algo con su amante.

Ante ella se presentaba un pequeño problema de lógica: si le daba la señal a su amante para que abriera la puerta del tigre, sería muerto en el acto. Pero, si le indicaba la puerta con la mujer, su amante se casaría con ella y se instalaría en la corte como un favorito del Rey.

La princesa, después de pensarlo unos momentos, le indicó al joven con un gesto casi imperceptible cuál puerta debía abrir, y el joven la abrió.

¿Qué había detrás de la puerta? ¿El tigre, o la dama?

written by Saudade

Oct 01

El problema de quienes sufrimos de wanderlust, lo describió perfectamente Cavafis, el excelso poeta griego hace un siglo:

Dijiste: “Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón – como un cadáver – sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí”.
Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.

written by Saudade

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