Apr 21

Aunque leo mucho, no siempre leo algo nuevo. Hay libros que uno los lee una vez y siente haber perdido su tiempo, pero en cambio hay otros, que son como los amigos queridos: uno ya los conoce, se sabe sus historias de memoria, sabe los chistes y comentarios con los que van a salir, pero no importa, son tan queridos para uno que a pesar de saber lo que va a pasar, se leen incluso con más ganas porque ya no se leen con aprehensión, como esperando que va a pasar, como sin saber si la historia saldrá buena o mala, como con cuidado de no perderse algún detalle que pueda ser importante para después; sino con la tranquilidad de ya saber que pasa, pero con la curiosidad de ver si se captará algún detalle nuevo, incluso después de conocerlos desde hace tanto tiempo.

Ahí perdonarán que cada vez sea más malo para las metáforas, mejor lo digo claro, me gusta releer los libros que valen la pena, a pesar de que ya sé como acabarán, siempre tengo la idea de que de pronto tendrán un resultado diferente, y si no, por lo menos los disfrutaré una vez más.

Algunos fragmentos de los libros que volví a leer este fin de semana:

Este es tomado de “El viajero” de Gary Jennings, el mismo que escribió “Azteca”, se los recomiendo a ojo cerrado, tanto al autor, como a los libros. Este fragmento es de cuando Marco pierde a su amada:

Pero me dije a mismo: “Lo soportaré como un impasible mongol; no mejor como un mercader de mentalidad práctica”.
Si, mejor ser como un mercader, que es un hombre acostumbrado a la transitoriedad de las cosas. Un mercader puede comerciar con tesoros, y puede alegrarse cuando cae en sus manos uno excepcional, pero él sabe que lo tendrá sólo un tiempo antes de que vaya a parar a otras manos, o si no, para qué esta un mercader?. Quizá le entristezca ver que el tesoro se va, pero si es un mercader como debe, será más rico por haber tenido aquello, aunque fuera brevemente.
Y yo lo era, lo era. Aunque Huisheng se hubiera alejado ya de mi, había enriquecido mi vida incalculablemente, y me había dejado un cúmulo de recuerdos que no tenían precio, y quizá hasta el haberla conocido me había convertido en un hombre mejor. Si, me había beneficiado. Esa manera tan práctica de enfocar mi aflicción me ayudo a contener más fácilmente mi dolor. Me felicitaba a mi mismo por mi pétrea felicidad.
Pero en aquel momento Arun me preguntó:
- Os llevareis esto?
Lo que me estaba mostrando era el incensario de porcelana blanca. Y el hombre de piedra se derrumbó.

Este otro es de “Tigre, tigre”, o “The stars my destination”, un libro de Alfred Bester, uno de esos libros que uno encuentra en la vida por pura casualidad, y que afortunadamente llegaron a mi vida:

- Porqué estás ayudándome… después de todo lo que te he hecho?
- Todo está perdonado y olvidado, Gully. Perdonado y olvidado

Y el último es de uno de los libros más interesantes que he leído en la vida, se llama “La Servidumbre humana”, aunque me gusta más el título en inglés “On Human Bondage”, de quién más iba a ser, sino del más grande: William Somerset Maughan. Después de leer esto, no sé porqué creo entender un poco el sentido de la vida. Aunque sea sólo por unos momentos.

Pero la influencia del lugar (Museo Británico) obró sobre él. Se sintió más tranquilo. Empezó a mirar distraídamente las piedras funerarias que adornaban la sala. Eran obras de oscuros escultores atenienses del siglo IV o V A.C. De factura sencilla, pero en las que se percibía el exquisito espíritu de Atenas. El tiempo había suavizado sus contornos y había dado al mármol el color de la miel. Algunas representaban una figura desnuda y sentada sobre un barco, otras la separación del muerto y los seres que lo amaban. Había algunas en las que el muerto estrechaba las manos de los que quedaban. Sobre todo la palabra mágica: “Adiós”; nada más. Su sencillez era infinitamente patética. Siglos y siglos habían pasado sobre ese dolor.

Le vino a la mente que todos los visitantes del museo, toda la gente de cara estúpida, aquellos obesos extranjeros con la guía en la mano, y todos aquellos individuos vulgares que iban al almacén con deseos y preocupaciones mezquinas, eran mortales, y un día deberían separarse de los seres a quienes amaban: el hijo, la madre, la mujer, el marido; y seguramente su suerte sería más trágica porque sus vidas era sórdidas y abyectas, y porque ignoraban todo lo que da belleza al mundo. Había una piedra bastante bella, que representaba a dos jóvenes cogidos de la mano. La sobriedad de la línea, la simplicidad de la ejecución permitían suponer en el escultor la existencia de una emoción pura. Era un exquisito monumento elevado a lo más precioso que el mundo puede ofrecer: la amistad. A Phillip se le llenaron los ojos de lágrimas mientras lo contemplaba. Pensó en Hayward y en la admiración que había sentido por él cuando se encontraron por primera vez. Luego pensó en su desilusión y su indiferencia. Nada los ligaba ya si no era la costumbre y los recuerdos. Aquella era una de las singularidades de la vida. Se veia a una persona cotidianamente por unos meses, en una intimidad tan grande que no podía imaginarse la existencia sin ella. Sobrevenía la separación y todo proseguía igual, dándose uno cuenta de que el compañero que había parecido indispensable no lo era, ni mucho menos. No se notaba ni siquiera su falta.

Phillip se preguntó desesperado porqué era necesario vivir. Todo le parecía vacío y vano.

El esfuerzo era desproporcionado al resultado. Las brillantes esperanzas de la juventud se resolvían en la más amarga desilusión. Sufrimiento, desdicha y enfermedad pesaban mucho en el platillo de la balanza. Cuál era el significado de todo aquello? Le parecía que siempre obro lo mejor que pudo y sin ningún resultado. Otros hombres que valían lo mismo que él habían triunfado. Y otros, mucho mejores, habían fracasado. Seguramente se trataba sólo de suerte. La lluvia caía de la misma forma sobre el justo que sobre el malvado. Para nada existía una razón.

Pensando en Cronshaw, Phillip se acordó de la alfombrita persa. Inesperadamente, la respuesta al enigma apareció delante de él. Se echó a reir. Ahora que había encontrado la solución, veía que era como una de esas adivinanzas que tan difíciles le parecen a uno hasta que encuentra la solución. Una vez hallada ésta, parece imposible no haber comprendido la cosa desde el primer momento.

La respuesta era obvia: La vida…

Y mejor ahí la corto para que ustedes puedan leerse tranquilamente los libros sin contarles qué fue lo que encontré yo. Si la vida de alguien se hace mucho mejor después de leer estos tres libros (como la mía), el propósito de este post fue cumplido.

written by Saudade \\ tags: , , ,